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Emboscada
Darío Besada
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Llegó temprano. Como había planeado. En realidad había planeado todo. No conocía a nadie de ese curso. Salvo a ella. La había stalkeado durante dos años para urdir el plan. Un plan pensado a la medida. Ella no tendría posibilidad. No se lo esperaría. Sería una sorpresa que él usaría a su favor para manipular la situación.

Su vida no volvería a ser la misma. Sería lo que tendría que haber sido. Al verlo, ella atribuiría ese encuentro al destino. Además, estaba convencido de que le pasarían cosas. El pasado quedaría allá, lejos. Iba a salir todo bien. Se mirarían, se sorprenderían por ese encuentro. Se reirían. Se mirarían con cierta complicidad, y ahí volvería todo a nacer.

Estaba todo planeado, pero estaba nervioso. Y ansioso. Quería que su nueva vida empezara ya. No había decidido si con el pasar del tiempo le iba a contar cómo la emboscó. Ella se podría enojar. O no. Tal vez le parecería muy romántico. ¿Valía la pena el riesgo? No.

Ya habían llegado un par de alumnos, pero él estaba concentrado en una sola cosa: la puerta. Cada vez que se abría, comenzaba a transpirar. Los minutos pasaban. Ya no estaba nervioso ni ansioso. Ese estado le quedaba muy chico. Las personas pasaban a su alrededor, lo saludaban, como cuando se saluda a alguien que uno no conoce, en un curso que estás empezando. Y él inmutable, sentado, mirando fijo esa puerta que se negaba abrirse y mostrarla a ella.

El curso estaba por empezar, y ella todavía no había llegado. La profesora comenzó a hablar. Él miraba la hora cada tres segundos. Algo había fallado. Su plan se desmoronaba. Ahora se debatía entre abortar y salir de ese curso antes de aguantar dos horas de un tema que le aburría profundamente.

En medio de esas deliberaciones la profesora comentó, al pasar, como si a ninguno de los presentes le importara en realidad, que una chica le había avisado que iba a faltar a esa clase, pero que la semana siguiente iría sin falta.

 

Él la escuchó atentamente. Su plan seguía en pie, con algún retoque, pero seguía en pie. Ahora tendría que tolerar esas dos horas, sociabilizar con los demás, crear algún lazo, algún vínculo, para que la semana siguiente él ya fuera parte del grupo, y ella la nueva.

Incluso tendría una semana entera para preparar mejor los diálogos. Quizás fuera una buena noticia. Dos horas. El curso había empezado. La profesora trataba de transmitir sus conocimientos a las escasas personas en esa habitación. Él garabateaba la hoja, dibujaba, miraba el celular, leía el diario, revisaba Facebook y WhatsApp, cuando entró un mensaje de ella, que volvía a escribirle después de dos años: “Qué la pases lindo en el curso de uñas esculpidas”.

 

 

Darío Besada nació en 1982. Vive en Flores y maneja un taxi. Cuando tenía  veinte años se anotó en Ciencias de la Comunicación, que dejó dos años después. En febrero de 2018 se anotó en un taller literario en el que escribe un cuento por semana. El primero fue “Emboscada”. En el respaldo del asiento del acompañante de su auto puso un bolsillito que se llama “Taxi Cuentos”. Para que la gente pueda leer sus cuentos mientras viaja.

 


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