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Cautiva
Bibiana Ricciardi
Madre Anterior Observación participante Siguiente

Lirupé, bonita. ¿Viniste a despedirte? Cuánto daño les trajimos. Mal puede entender un extranjero esta extensión crujiente. ¿Te ríes? Me crees una de ellos. Me prefieres extranjera.

No importa, viniste.

No te impacientes. No escondas tus dientes. Necesito que me escuches. Sé que puedes comprenderme. Escucha los retazos de gritos que trae el viento. No lleves tu mano al cuchillo. No lo necesitas, no conmigo que estoy atada. ¿Qué mal podría hacerte? Piensas que ya te lo hice y sin ayuda de ningún filo. Tal vez, pero deja que te cuente. Yo ya estoy perdida, pero tú… Tienes que oír lo que tengo para contarte. No te vayas, escucha a tu hermana. Sí, hermana. Ambas hijas de esta tierra generosa, sin pliegues. Edén tortuoso, oasis mortal. Dirás que yo no, que vengo del otro lado del mar. Yo también, que a mí me parió un barco y nací aquí, como tú junto al río. No conozco a la otra Lucía, ni siquiera la recuerdo. Solo soy esta que tienes aquí, encerrada en la carpa del que fuera tu hombre. Y el mío. También mío, Lirupé. No te ofusques. Desde mis primeros pasos de recién nacida tambaleante supe que aquí basta con extender la mano para saciar el apetito. Hay para todos. Toma lo que necesites que si se acaba podemos buscar más. ¿Ves que me entiendes? Ríes porque entiendes mis palabras. Por eso peinas tus cabellos en el río, y meces tu talle al caminar. Coqueta, no te avergüences. He visto a mi Sebastián perder sus ojos en tus caderas. Y después me culpas a mí. No, no te ofendas. Baja la mano.

Era broma, podemos compartir. No ya, por supuesto. Ya no podremos. El hermoso Marangoré despedazado. Sufres, yo también. ¿Lo ves? Hermanas. Déjame que te cuente, deja que mi voz tape los gritos. Después ya dirás. Qué me importa mi Sebastián. El de Lucía, no mío. Soy de acá. Hoy acá, mañana más allá del río. No te aquerencias con el lugar porque nunca ha de durar. No falta nada. ¿Qué podríamos aportar? Imbéciles. Ilusos. Clavamos un fuerte en el corazón mismo de la Pampa. Delimitamos nuestro espacio.

No te confundas, Lirupé. Entiende, por favor lo que te digo. No es por suplicarte por  mi vida, no. Ya tendrás tiempo de matarme. Pero primero debes entender lo que te explico. No habría matado a tu hombre para quitártelo. ¿Para qué? Bien sé que un hombre si es bueno se comparte. ¿Acaso no lo compartes con tus amigas? Peor es perderlo. Mira, ahora es un charco de sangre. Ni mío, ni tuyo. El hombre se comparte, la mujer es la que se disputa. Ellos se matan por no compartirnos. Nosotras, no. Ellos clavan sus lanzas, disparan sus armas, penetran nuestra carne. ¿Para qué? Bastaría con extender la mano cuando sientan deseo. ¿Cautiva? Cautivas las dos. Aunque me mates, bella Lirupé, no recuperarás la sangre de tu hombre. Ojalá pudiéramos. Si guardas tu filo podrás saber cómo fue que murió. Ya tendré tiempo de morir entre las llamas. Debes saberlo, no bajes la cabeza. Mira mi boca cuando habla. ¿Qué mal podría venirte de estos labios que él mismo domó? Puedo contarte cada detalle porque estaba allí cuando pasó. Te cambio mi vida por mi conocimiento, y ya verás cómo el saber nos libera a las dos. ¿O crees que alguien irá a cuidar a la viuda del cacique depuesto? Depuesto, sí. No te miento. Soy tu hermana, ya lo verás. Dame tiempo, es lo único que te pido. Mientras los otros afuera gritan. Mientras arrancan cada uno de esos dientes que solían rasgar tu piel. Me entiendes, lo veo. No puedes engañarme. Llevaste la mano a la flor violeta de tu cuello. Ah, malvada. Todavía lo tienes en tu piel y no quieres compartir su recuerdo con tu hermana.

No te enojes, Lirupé, querida. Bien sabes que hace meses que tu hombre es mío. Y tuyo. De las dos. ¿Si no cómo te explicas que encontrara la muerte en mi lecho? No, no vuelvas la mano, no me castigues. Deja que te cuente. Le creíste a mi marido. Ingenua. Miente, no puede aceptar la verdad. No debe. Siembra el terror. Construye su dominio. Mi pobre Sebastián. ¿Quién podría creer que el bello Marangoré  habría forzado a alguien? ¿Quién podría resistirse a sus brazos? Me forzó, sí. Lastimó mi cuerpo, traicionó la confianza de mi padre que lo había protegido de la tribu vecina. Laceró mi carne con el calor de sus labios. Me arrebató de mi hogar, me tiró junto al río, bajo las estrellas. Arrancó mi ropa. Indio malvado, pérfido. Traicionó a mi marido, y me dejó acá cautiva de su piel, llorando su muerte junto a su viuda.

¿Escuchas? En un rato vendrán por mí. Lirupé, sé que me entiendes. No bajes los ojos. Veo el brillo del miedo en tus pupilas, me comprendes. ¿Buscas tu cuchillo? ¿Crees que evitarás mi presagio matándome? Ellos vendrán igual, bonita. Y no temo a tu cuchillo, me esperan las llamas, ¿recuerdas? ¿Qué haces? ¿Cortas mis ataduras? No, no lo hagas. Por favor, te necesito viva. No temo al fuego. Ellos sabrían que fuiste tú, y no lo perdonarían. Te necesito fuerte. Debes advertir a los tuyos y ellos tienen que escucharte.

Huye, por favor.

 

 

Bibiana Ricciardi es guionista, docente, documentalista, periodista, dramaturga y gestora cultural. Dirigió Canal (á). Realizó diversos documentales con los que ganó varios premios. Publicó las novelas Una mujer corre, Algunas cosas que estuvieron pasando desde que te fuiste y La lista (Alto pogo), y la crónica Poner el cuerpo (Tusquets). Produjo la antología Diez lugares contados (Planeta). Es becaria del Fondo Nacional de las Artes. Su biodrama Salerno ganó el concurso Teatro Post 40.


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