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Pausa
Francisco Cascallares
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1

Camila, acuclillada, afuera, estudia a una cucaracha que se quedó muerta de costado. Con las manitos sobre las rodillas, absorbe la escena. Ella es un signo de pregunta clavado en el jardín. Félix, adentro, juega con ferocidad a la Play. Hace tiempo que dejó de soñar con ser astronauta; ahora solo quiere ser futbolista. Ya batió todos mis récords en el Pro Evolution Soccer. A las seis, hoy, de la mañana se me volvió a ocurrir que mudarnos a otra parte podría ser el principio de algo nuevo. Es mi quinto cigarrillo y son las nueve. Parece domingo pero es lunes. Hoy voy a llegar muy tarde al trabajo. Mientras, los chicos hacen cosas suyas, un poco perdidos, pero siento que no necesito o no debo interrumpirlos. Recién voy a llevarlos al colegio a media mañana. O más tarde. Es un plan que acabo de improvisar. No sé bien cuándo cae exactamente la media mañana. Todo está resultando de lo más improvisado.

 

2

La cena de anoche estuvo muy rica, gracias. En vez de decírtelo, me puse a lavar platos. Estoy seguro de que cocinar, lavar los platos, también dan bordes a la forma de un lenguaje. O tal vez no sea más que una ilusión que me exime de palabras. Cobarde, yo. Las palabras a veces se nos resbalan de costado al carajo. Cobarde, yo. En cambio, de esto me agrada el tintín de la loza, el llamado a callar del chorro de agua que hierve, este silencio en pleno rugido de cocina; tanto, que esto tiene que ser una manera de comunicarse, una forma de compartir una cierta intimidad. Me pregunto cuántas cosas perderían su certeza si esto no fuera una manera de comunicarse, de cierta intimidad.

 

3

A las diez, Félix copia un tigre de una revista. Es un tigre flaco, cabezón, y da gusto ver cómo no se parece a nada más que a un tigre. Camila le dice a la cucaracha que es hora de levantarse, hay que ir a la salita de las cucarachas. Le agarra un ataque de llanto y me pregunta por qué la cucaracha no quiere ir a la sala a ver a los amigos. Le pongo Mozart y Brahms y ella baila y se olvida de la cucaracha. Se le seca la cara aunque la voz le tiembla un rato más. En los movimientos que lleva a cabo puedo ver los movimientos que imagina que lleva a cabo. Ella es puramente eso: hace trazos en el aire y me conmueve con las manos y las puntas de sus zapatillas de gimnasia. Respiro hondo para no llorar. Por las mañanas me resulta difícil no llorar. A las seis, hoy, de la mañana, se me volvió a ocurrir que mudarnos a otra parte podría ser el principio de algo nuevo. Puedo ver ahora el tutú imposible que toma forma, y la brillantina dorada que cuelga del aire a su alrededor como rocío encendido por los focos de luces de colores y todo este glitterío en cámara lentísima. Este es su gran momento del día.

 

4

Estoy improvisando. Voy al baño sin que me vean los chicos, me sueno los mocos, me lavo la cara y te pregunto por mensaje cómo van tus cosas. Bien, me decís. Más sería demasiado esfuerzo para invertir en el teclado minúsculo de un celular. Lo entiendo. (A las cuatro y veintidós abrí los ojos aterrorizado. La idea de que un instante atrás había estado como muerto, que así va a ser por el resto de la eternidad, me resulta intolerable, intolerable, intolerable). Que tengas un lindo día, me decís, como resumiendo todas esas buenas intenciones. Y no cortándolas de cuajo. Insisto: no cortándolas de cuajo. Vos también, te escribo. ¿Hay también cierta intimidad en esta elipsis? ¿Es parte de algo solamente nuestro? ¿O cobardes, nosotros?

 

5

Hacia las once de la mañana los chicos entran bien al colegio. Confundidos a esa hora rara. Divertidos por la novedad. Pero bien. La secretaria nos mira con cara cuando los recibe. No es la misma de los chicos. Como su cara exige una explicación, ni se me ocurre intentar una. La miro con cara de qué lindo día hoy, ¿no? ¿Vos todo bien, pelotuda?, y miro a mis hijos mientras se adentran paso a paso en una escuela que siempre me hace pensar en una ballena, su boca abierta. A medida que los dos se hacen más chiquitos de espaldas, se llevan algo abstracto de mí con ellos, como un hilito del que van tirando y que me va descosiendo.

 

6

A las ocho menos cinco suena tu despertador. Empezás el día. Vas callada. Buenos días, te hice café. Te esperan situaciones interesantes en el trabajo, no llegues tarde, a la noche me contás. Por favor, participá un poco: cuántas veces viví las frases de un día como este. Respondeme. A las seis, hoy, de la mañana, se me volvió a ocurrir que mudarnos a otra parte podría ser el último principio de algo nuevo. Eso es una afirmación y solo después una pregunta. Estás por salir y tu boca se mantiene a una distancia. O ni se entera de la mía. Entonces te beso la frente, como si la sellara con un mensaje invisible que te protegerá por catorce o hasta dieciséis horas. Sigue siendo tan temprano en una mañana húmeda y muda como esta. Imposible cortar el aire con un par de palabras. Después hablamos, digo. Pero lo digo de un modo ambiguo y sin creerlo de verdad.

 

 

Francisco Cascallares (1974) es escritor, editor de Notanpuan, diseñador de videojuegos, y dicta talleres de escritura (tallerlit.com). Se recibió en Letras por la Universidad de Columbia y cursó la Maestría de Escritura Creativa de UNTREF. Es autor de los libros Cómo escribir sin obstáculos (Pánico el pánico, 2013), Principio de fuga (Notanpuan, 2016), Un mundo exacto (Marciana, 2018) y Corazón y fin del mundo (inédito, mención 2016 en el Premio del Fondo Nacional de las Artes).

 

Francisco Cascallares


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