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Un barco, quizás
Lucas Ryan
Carne rota Anterior El tiempo muerto Siguiente

Llegué a la isla para conocer a mi padre. Eso me dice.

¿Quién es su padre?, le pregunto. Hago la pregunta sin malas intenciones. El muchacho acababa de golpear a la puerta, en mitad de la noche. Está algo desgarbado: el saco, cruzado y azul, demasiado holgado, le cuelga de los hombros como de una percha. Hace frío para andar así vestido, pienso. Y todavía tiene el pelo húmedo y salado, como si hubiera llegado nadando.

No sé, me contesta, y lo miro de arriba abajo. Se frota las mangas con el pulgar y el índice, baja la cabeza, me mira los pies. Lo invito a pasar y sentarse junto a la salamandra. Le sirvo café y la última rodaja del budín de navidad. No se quita la ropa y apoya su pesado bolso sobre el regazo, los ojos grandes y amarillos fijos en el fuego.

¿Cómo se llama? Julián. ¿Su padre? No, yo. ¿Y su padre?

No sé.

Hago mal las preguntas y él no tiene respuestas. Saco dos cigarrillos y le convido uno. No debe tener más de diecinueve años, pero su aspecto lo avejenta. Enciendo el mío en el anafe a gas de la kichinet y se lo alcanzo para que prenda el suyo, pero lo sostiene frente a su cara como si no supiera qué hacer.

Mi padre fumaba.

Me descoloca con el comentario, que parece algún tipo de reproche. Después me devuelve el cigarrillo sin haber prendido el suyo, que lo deja en la mesita junto a la taza de café, que tampoco toca.

¿Cómo llegó?

Me mira como si la respuesta fuera obvia.

En barco.

¿Y cómo sabe que su padre vive acá?

Parpadea dos veces, lo hace con mucha precisión, como si pensase en eso y no en mi pregunta. Afuera siento el viento que crece del sudeste y golpea contra el endeble canteado de la cabaña, el mar que repica como si estuviera en la puerta y no a trescientos metros. Pienso que el café se le enfría.

Se le enfría el café.

Gracias, dice, pero no hace nada.

Le doy una calada honda al cigarrillo y me siento enfrente suyo. Por un momento me pierdo yo también en el interior de la salamandra.

¿No tiene frío?, me sale decir, de imprevisto, mientras me arrodillo para agarrar un pedazo de leña, pero él hace algo: estira con suavidad su mano en un gesto amistoso y dice no, no. Me reincorporo para mirarlo. Tiene puestos unos borceguíes altos, de color negro, recubiertos por algún tipo de plastificado.

¿De la Armada?, le señalo.

Naval.

Yo tuve un hijo, le cuento, que estuvo en el servicio.

Me mira a los ojos, pero después se desvía, se pierde en algo que está entre su cuerpo y la mesa. Amaga a agarrar la taza de café, pero vuelve a cerrar la mano, la comprime con fuerza, dejando ver las nervaduras algo verdosas de sus manos. Está por decir algo y se me ocurren mil cosas menos lo que dice.

Y su hijo, ¿no seré yo?

Murió.

Ah.

Volvemos a quedarnos en silencio. Afuera se precipita una tormenta, explota como una granada de mano contra el techo y la siento bajar por la canaleta de chapa.

Si quiere puede quedarse, tengo un catre.

En el momento en el que termino la oración me doy cuenta de que estoy diciendo una estupidez. No lo conozco, podría estar armado, podría ser otra cosa. Pero me dice que no, gracias, como si el frío y la lluvia no le modificaran en absoluto el estado anímico, como si estuviera cansado de mantener siempre esta misma conversación.

Gracias, vuelve a decir, y se levanta, cuelga el bolso en su hombro y se dirige hacia la puerta. Lo hace con mucha naturalidad, con mucho cansancio. Hay algo en ese movimiento que me recuerda a mi hijo. Por eso digo.

¿Sabe? Mi hijo luchó acá, en la isla, estuvo en el Belgrano.

Y cuando acabo de decir eso algo cambia, siento como si la lluvia estuviese adentro y no afuera, queriéndome salir por la cuenca vieja de los ojos. Pero me contengo.

Mi padre también, dice, y por primera vez sonríe, abre la puerta y sale.

Me asomo por la ventana, pero todo lo que veo es el viento en forma de lluvia que cruza horizontalmente el terreno. A lo lejos, una sombra. Un barco, quizás.

 

 

Lucas Ryan nació en 1988. Estudió Letras en la UBA y Guion cinematográfico en la ENERC. Editó los cinco números de la revista Extrapoesia. En 2014 publicó Mara (Alción Editora), su primer libro.

 


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