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Hisopo
Ulises Cremonte
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Sin que hubiera un motivo aparente el bebé se largó a llorar. Al principio le hablé y, como no se calmaba, no me quedó otra que hamacarlo, darle palmaditas. Nada parecía tranquilizarlo. Me levanté de la silla y su queja se detuvo, aunque la paz duró solo un instante. En su llanto renovado arqueó el cuerpo hacia atrás, la cabeza pesada como un melón: casi se me cae. La gente en el bar me miraba, en especial las mujeres. Probé darle la masa seca que venía con el café: eso a la madre le suele funcionar. El bebé la sostuvo con una de sus manos y se la llevó a la boca. Sus dedos eran pequeños y sin embargo tenían el agarre quirúrgico de una pinza. Por fin se calmó. Me senté despacio, con una parsimonia casi teatral, como si pretendiera que el letargo anulara la sensación del movimiento. Hice un involuntario ruido con la silla y pensé que ese mínimo descuido sería más que suficiente para desatar una nueva furia, una furia estentórea. Pero no, el bebé siguió lo más pancho con su galletita. Respiré, dejé escapar una bocanada de aire. Entonces sentí que se abría la puerta del bar. La puerta tenía una campanita de bronce, era un lindo sonido. Incluso al bebé le gustó, porque miró hacia la entrada e hizo una mueca de alegría. El uruguayo me saludó con un gesto imperceptible y avanzó hasta mi mesa. Se había cortado el pelo casi al ras. Fue lo primero que le comenté cuando se sentó. Me aclaró que el cambio de look había sido para un trabajo, una cosa puntual y que no veía la hora de que le volviera a crecer. Estás igual a este, le dije y con el mentón le señalé la cabeza del bebé. El uruguayo iba a putearme, pero justo apareció la moza.

−Bueno, ella está peor −dijo. La moza tenía un corte taza, pero una taza casi vacía porque no llegaba a cubrirle ni la mitad de su frente. La piba eligió ignorarlo de manera elegante: le hizo caritas al bebé. Me apresuré a pedir: una cerveza rubia para mi amigo y otro café para mí, porque el que tenía se había enfriado.

Cuando volvimos a quedarnos solos le pregunté por el moro.

−Sigue internado… Vegetal, vegetal… No creo que despierte.

−Mejor.

−Claro que es mejor. ¿Vamos a lo nuestro?

Asentí con la cabeza y acomodé el bebé para que el uruguayo pudiera ver su rostro. El chiquito se quejó un poco: le di la cucharita para que jugara.

Llegó el pedido. La moza depositó el café con lentitud, pero abrió la cerveza con un movimiento brusco, casi varonil. Se fue sin decir nada. El uruguayo le miró el culo a la piba y después volvió a observar al bebé.

−Pensé que era más grande… ¿Cuánto tiene?

−Casi un año −mentí.

El uruguayo movió su torso hacia adelante, apartó la botella y se le acercó un poco. El bebé le mostró la cucharita; la movió como si fuera una navaja.

−No creo que me sirva…

Le pregunté por qué. Necesitaba que tuviera, mínimo, quince meses. Levanté al bebé de las axilas para mostrarle que parecía más grande. El bebé comenzó a patalear. Casi tiró el pocillo. Tranquilo, le dije. Lo giré para ubicarlo por encima de mi hombro. El uruguayo se rascó la barba y negó con la cabeza. No me quedó otra que jugar mi última carta:

−Traje un hisopo…

El uruguayo se sirvió otro trago de cerveza. Saqué del bolsillo izquierdo de mi campera un tubo de ensayo con un hisopo en su interior. Se lo pasé. El uruguayo analizó a trasluz el tubo. Después lo abrió y colocó su nariz por encima del cilindro. Está bien, dijo; sacó el hisopo y me lo dio. Yo tenía la oreja derecha del bebé cerca de mi rostro. Fue sencillo o más bien rápido introducirle el hisopo. El bebé primero se quejó levemente, pero cuando escarbé un poco más para obtener una buena muestra, se largó a llorar con ganas. Como era de esperar, de las otras mesas nos miraron. Debía calmarlo, pero antes le pasé el hisopo al uruguayo que volvió a colocarlo en el tubo de ensayo. Dentro del recipiente la sustancia cambió un poco su color, del marrón clarito pasó a verde flúo. Mientras me incorporaba y por encima del llanto del bebé le pregunté al uruguayo si esa mutación era normal. Me respondió que sí. Se quedó tildado, con la mirada fija en el tubo de ensayo: había codicia en sus ojos. Le hablé al bebé y lo hamaqué con ganas, esa típica sandunga con la que algunas noches logro hacer que se duerma. Un poco se calmó; el llanto se transformó en un sollozo. Volvió a acercarse la moza.

−¿Qué le pasa a esta pequeña persona?

El bebé sonrió y al hacerlo absorbió sus propias lágrimas y mocos. Me senté. Antes de irse, la moza preguntó si necesitábamos algo más. Respondí que no. El uruguayo ya había guardado el tubo de ensayo. Tomó la cerveza de un sorbo. Vi como la nuez de su garganta se movía para arriba y para abajo. Después disimuló un eructo y mientras se incorporaba me dijo que él me llamaba, pero que no me hiciera ilusiones, que la cosa estaba difícil por la falta de liquidez. Sonreí, solo aclaraba eso cuando pretendía regatear el precio.

 

Ulises Cremonte es Profesor Universitario en la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de Arte. Participó en los talleres de Alicia Steimberg, Pablo De Santis y Esteban López Brusa. Publicó los libros Muñeca y yo (Editorial de la Universidad Nacional de La Plata, 2006), Los Eventuales (Grupo Siete, 2010), El Durmiente (El Broche, 2012) y Selfie (Club Hem, 2015).

 


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