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Toser
Luciana De Luca
En la Colina Anterior El piso de arriba Siguiente

−Dígame los síntomas.

La cuenta de la luz. La vibración del teléfono. La ventana abierta, golpeando contra el marco con ruido a dientes. Los huesos que pesan en las baldosas. La piel amarilla en los ascensores. El lomo pegoteado de un gato. Un dolor en el pecho, un dolor que quema, que trepa con ímpetu de araña. El miedo a morirme sola en la cocina. En el baño. Sin limpiarme.

−Diga treinta y tres, dice.

Digo.

El estetoscopio se va pegando contra la espalda, acá, allá.

−Tosa.

Toso sin ganas.

−No, así no.

Me da un golpecito con el estetoscopio en la columna.

−Tosa de verdad.

Lo intento de nuevo.

Sale una tos, incómoda.

Los platos sucios en la cocina. La lista de tareas pendientes, colgada del cuello, con peso de cordillera. Un suave temblor de la tierra. La noche larga que se tose entera. Los ladridos de los perros ajenos.

El médico saca un anotador del bolsillo y escribe. La pluma raspa el papel.

Aparece desde mi espalda. Me mira.

−Colabore.

La mirada ajena en la cola del banco. La ropa descosida. Los pezones lastimados después de amamantar. La noche boca abajo. El día boca arriba. La respiración del pánico detrás de los tobillos.

Me apoya el estetoscopio en la frente, como si me advirtiera con la punta de un revólver. El contorno frío del metal, apretado, con prepotencia de yerra.

Vuelve a mi espalda. Me encorvo para tomar fuerzas. Explotan las burbujas de aire que duermen en las vértebras. Inflo el pecho. Las costillas ceden.

Voy a toser.

Cierro los ojos, tomo aire y toso con furia.

Los hijos de los hijos de los vecinos. Los cierres rotos. La música de los bailes de la escuela primaria. El puño de un jefe golpeando una mesa. Un hueso de pollo trabado en la garganta. Dos veranos sin dinero para vacaciones. Los carteles de “se vende”. La fiebre que espesa la garganta. Los deseos flotando en un balde. Una casa abandonada. El aire que entra y no sale. El silbido que reverbera en los músculos de la barriga.

La boca se abre y sale volando, entre los dientes, limpia como una espina de pescado, mi columna vertebral. Cae y con ruido de cascabel, se queda tirada como un vestido de fiesta en el suelo, al lado de la camilla.

Me siento más blanda, igual de enferma.

−Otra vez.

Inspiro, me contraigo. Cóncava. Toso con rabia: una tos larga y honda que me atraviesa hasta que salen por la boca el hígado, el corazón, el bazo. Sale la cadera, con esfuerzo, lastimándome un poco la encía. Salen el cúbito, el radio, el fémur, el coxis y las parótidas.

El gusto de la sal en la boca. Los familiares lejanos. El olor que dejan los billetes en las manos. Todas las superficies del mundo colonizada por bacterias y hongos y esporas invisibles.

La luz blanca me lastima la vista. Cae, por los estantes, por las paredes, una cascada de brillos metálicos. Bisturís, cucharas, otoscopios, pinzas, escalpelos: las gemas dolorosas.

−Hay que cerrar los ojos.

Obediente, me los tapo con el brazo.

El estetoscopio rueda para acercarse a la médula.

−Otra vez.

La espalda desarticulada se comba, dócil. Abro la boca. Sale el mediastino aleteando como un fantasma. Vuelan codos, tiroides, páncreas, y manchan el aire limpio del consultorio.

El estetoscopio dirige la orquesta de toses. Un golpe, una tos. Otro golpe. Tos.

El cuerpo como un dolor en el pecho. Un dolor en el pecho, todo el cuerpo. La electricidad que corre como agua por los hilos de las venas.

Otra tos. Otra más.

Salen libres, esclavos emancipados, los tendones y los músculos. Salen la pelvis, el húmero, los tejidos.

Me voy quedando larga y vacía, con menos malestar, triste, sobre la camilla.

−Otra vez.

El aire que entra y se arremolina. Una tos monstruosa y sale disparada la rosa húmeda del cerebro. Cae contra una columna de la pared, y resbala un poco más allá, rodando lubricada en un camino baboso de caracol.

La fuerza arranca la lengua, que queda reposando al pie del médico. Un animal rosado en hibernación.

La verdura envenenada. Las hojas secas. Las sumas. Las restas.

Deja el estetoscopio en el escritorio. Busca una bolsa negra, de las que usan en los edificios, se pone guantes descartables y va juntando cada uno de mis partes. Las va echando en la bolsa, que se llena hasta la mitad.

Abre el cesto de residuos patológicos y tira todo adentro.

Se saca los guantes, que van también a la basura.

Las fotos de mi madre joven. La televisión siempre prendida. La carne echándose a perder en la heladera. Papá dormido en una cama prestada, esperando morir sin darse cuenta.

Con las manos frías, el médico levanta lo que queda de mí. Lo dobla, como se dobla una frazada cuando termina el invierno.

Abre las puertas del único armario del consultorio y en un estante de arriba, el más alto de todos −los demás ya están ocupados− deja mi cuerpo desinflado. Se toma un tiempo para acomodarme.

Luego lo cierra.

Qué callado este estante, qué oscuro. Qué liviano.

Lo escucho acomodar las sillas, el escritorio.

La luz se apaga.

Después el click de la puerta del consultorio.

El roce de las suelas yéndose, sobre la alfombra del recibidor.

Y ya no pasa nada más.

 

 

Luciana De Luca nació en Buenos Aires en 1978. Estudió Ciencias de la Comunicación y se dedica al periodismo. Fue redactora, correctora y actualmente es editora y ghost writer. En sus ratos libres, que no son tantos, aprovecha para escribir ficción. Es autora de Las fiestas no son para los niños (2013) y participó de diferentes antologías: Cuentos Cuervos (Planeta), Cuentos Raros (Lea), Cuentos de argentinos en Brasil (Casanova) y Soy un jardín (Periplo), elegido Mejor Libro Croosover por ALIJA.

 

 

 

 

 


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